Violencia de Pareja, una forma de comunicarse

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Violencia de Pareja, una forma de comunicarse

¿Síndrome de víctima y victimario o síntoma de interacciones tortuosas entre hombres y mujeres?

Lic. José Miguel Toro – Argentina   /  Dra.  Graciela Campos Escalante – México

         

ABSTRACT

En este artículo presentamos desde el enfoque comunicacional,  algunos de los elementos para entender que,  cuando hay violencia en la pareja, no hay ni una “víctima” ni un “victimario” ya que en las interacciones podría observarse a las conductas agresivas como lucha por el poder en la cual, aunque de diferente manera cada uno se ve involucrado, sin que exista un culpable ni un “quién inició primero”. Deberá pensarse la violencia de pareja como una forma de comunicación, tal vez un poco atípica, en donde no sólo participan dos integrantes de manera simultánea, sino que además, están presentes, los contextos, la cultura, las condiciones políticas, económicas y éticas.

“Las mujeres maltratadas son masoquistas, provocan y disfrutan de las agresiones…”

Los hombres que maltratan a sus mujeres están enfermos y no son responsables por sus acciones…”

Expresiones como estas forman parte del mito acerca de la violencia y  las agresiones que se manifiestan entre los miembros de las parejas. En ocasiones, reflejan una manera de pensar ubicada culturalmente, fundada en prejuicios tradicionales que ensalzan a uno u otro de los integrantes de la pareja.

Se ha dado en llamar de diferentes formas a la violencia intrafamiliar: violencia doméstica, maltrato, violencia de género, de pareja, masculina, sexista, entre otras. Más, todas estas denominaciones hacen referencia a las conductas de violencia y agresión que se producen dentro del hogar, en las relaciones de convivencia más cercanas de las familias. Son formas de vinculación y comunicación que, eventualmente,  se conservan en el tiempo durante la convivencia.

En el contexto de sociedades mundializadas, que pretendemos ser tolerantes, incluyentes y democráticas ya no es posible –ni verosímil-, hablar respecto de violencia intrafamiliar o de género únicamente a la que se hace en contra de las mujeres, sino que debiéramos incluir también a las conductas violentas y al daño realizado de la mujer hacia el hombre, ya que históricamente, la dirección comunicacional tenía una sola dirección. El hombre generaba una orden y la mujer debía acatarla, de lo contrario se generaba un discusión que terminaba, violentamente. Pero este tipo de vínculo comunicacional, tenía como actor subordinado a los deseos o caprichos del otro, donde el rol del subordinado siempre lo cumplía la mujer.

Es por eso que hasta hace algunos pocos años, se decía que en la pareja el maltrato era: “Todo acto de violencia basado en la pertenencia al sexo femenino que tenga o pueda tener como resultado en daño o un sufrimiento físico, sexual o psicológico, para la mujer, inclusive las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de la libertad, tanto si se producen en la vía pública o privada” (Artículo 1 de la Declaración sobre la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Naciones Unidas, 1994)

Hoy, a casi veinte años de esta conceptualización, las condiciones sociales y personales, han cambiado; las mujeres acuden en mayor número que los hombres a la universidad e incluso los posgrados y especializaciones están siendo más demandados por mujeres que por hombres, existe una mayor preparación y con ello independencia y autosuficiencia económica, laboral y tal vez hasta biológica y psicológica por parte del género femenino. Actualmente en México hay un mayor número de mujeres que de hombres  que cuentan con  al menos un empleo y muchas de ellas sostienen económicamente a su familia. Algo afín ocurre en Argentina.

Ante estos hechos cabría hacer algunos cuestionamientos de manera hipotética: ¿Es probable que estos cambios, estén propiciando conductas mayormente agresivas en estas mujeres? o, ¿tal vez sean un estímulo para que en determinada clase de relación, las parejas inicien una escalada simétrica de guerra interminable?

Las respuestas a estas interrogantes se encuentran en la intimidad de cada una de las parejas ya que el comportamiento dentro de cada familia y cada pareja conforma múltiples posibilidades, una suerte de imágenes fractales, como en un caleidoscopio[*]

La violencia conyugal, constituye una forma de comunicación en la que se produce un daño irreversible, ya que irrumpe en la frontera más sensible de una persona: su identidad, su cuerpo, su piel, o sus adquisiciones (estatus, profesión, oficio, etc.) el daño producido descalifica y denigra el autoconcepto que se tiene de sí y a la definición que se ha construido del ser pareja o familia. ¿Cómo entender la protección, el vínculo, el cuidado, la seguridad o la compasión que deben existir en la familia, si se destruyen estas expectativas con maltrato físico, emocional o ambos?

Para entender estos mecanismos, es importante conocer que la violencia, no se manifiesta per se, sino que todo acto de agresión se relaciona con diversos contextos, aprendizajes, estímulos y otras personas relacionadas con las personas sintomáticas[†]. Al constituirse en un tipo de comunicación, la misma está teñida por la influencia, tanto del ambiente como de la manera de ser de los integrantes del  grupo.  Esto es porque son formas de vincularse, forma que si bien son agresivas en el doble sentido de afectar a uno y a otro, es una forma de decir y es una forma de emitir un mensaje, mensaje que en ocasiones, posiciona a uno y a otro en un pedestal alto de superioridad o bajo de sometimiento.

Como hemos visto: El planteamiento respecto de la violencia doméstica es creer que uno de los integrantes es la víctima y otro el victimario, -pero no necesariamente deberá pensarse que la víctima es únicamente la mujer-  “las mujeres también pegamos… y a veces más fuerte”…    suelo decirles a las parejas que acuden a consulta argumentando que es el hombre quien comete el daño.

Pero, ¿qué sucede al interior de estas relaciones conyugales o de pareja?

Veamos el siguiente ejemplo:

Mujer de 32 años, quien padece una condición grave de celos, comienza a imaginar que su esposo le es infiel con otra pareja; así, llega a construir una historia, que ella supone verdadera… Luego vendrán las acusaciones, las palabras altisonantes, las descalificaciones, los golpes…    ¿y, él?,     pues se deberá defender, de las agresiones, en la misma medida.

La pregunta obligada será ¿quién inició las agresiones, quién la violencia?

Desde el análisis de la información lograda a través de las entrevistas con los miembros de esta pareja, la infidelidad fue un hecho real: eventualmente él estableció intimidad con otra persona, y también manifiesta problemas de control de sus impulsos con episodios de alcoholización.

A modo de análisis, proponemos los siguientes ángulos de observación:

Desde la perspectiva de la mujer:…Es el hombre quien está mal, y quien tiene el problema… podría suponerse que el “alcohol le provoca las crisis”, o que los insultos son motivados por la agresividad física  de su pareja.

Desde la perspectiva del hombre:…Las conductas violentas son justificables…,  ya que los gritos y  exabruptos de la mujer le motivan a golpearla. O, bien sus episodios de alcoholización se justifican ya que cuando él se halla sobrio en casa, su esposa se muestra indiferente y poco cariñosa.

Desde la perspectiva sistémica e interaccional: Ni él ni ella son culpables, sino actores interaccionales (aunque sin ser concientes de ello) del conflicto que les lleva a emplear conductas agresivas y proseguir en un estilo de vida que tarde o temprano les conducirá a una escalada  de violencia de alto riesgo.

Desde el enfoque comunicacional: La violencia física, psicológica, económica o de cualquier otra clase, constituye una forma de comunicación, en la cual los participantes, queriendo o no, están de acuerdo, pues esta es quizá la única forma en que pueden relacionarse –así lo percibieron y aprendieron seguramente de sus familias de origen, del medio ambiente, de la cultura…  es un estilo de vida, una forma de lenguaje, poco asertivo y gravemente disfuncional que, si no se reconoce a tiempo para detenerse se transmitirá a las siguientes generaciones, con  lo cual entonces, se cumple el enunciado de “los niños golpeados, cuando se conviertan en adultos, serán padres golpeadores”.

No debemos olvidar que es en el interior de la familia y frente a estas manifestaciones tan cotidianas y aparentemente justificables de violencia, es donde se forjan los futuros hombres y mujeres actores del maltrato de pareja, hacia dentro del hogar, o afuera. Hoy  vivimos graves situaciones relacionadas con diversos tipos de delincuencia, como signo de la violencia que de manera tan natural se inicia en el seno de la familia. Y esta forma de comunicarse se abre a los vínculos dentro de la sociedad,  en la vía publica, en las organizaciones laborales, y en las escuelas.  Generando un sociedad, casi naturalmente, violenta.

Bibliografía

MINUCHIN, Salvador. Caleidoscopio Familiar   Editorial Paidós

WATZLAWICK, Paul. JAKSON, D. Don, Teoría de la Comunicación Humana Buenos Aires 1982 Editorial Herder

BATESON, Gregory; WATZLAWICK, Paul; SHEFLEN, Albert; GOFFMAN, Erving; HALL, T. Eduard. La Nueva Comunicación, Editorial Kairos



[*]Término empleado por  Salvador Minuchin, como una metáfora de los cambios que suceden en las familias con cada entrada de información.

 

[†] El Síntoma es la manifestación objetiva de la crisis en donde existen múltiples elementos.